PONGAMOS FIN A LAS PECULIARIDADES DEL SISTEMA PRODUCTIVO

Por Delvis Juan Ramírez Solano (*)

Por Delvis Juan Ramírez Solano (*)

El contexto en el que se ha desarrollado desde 2010 el proceso de reformas en el ámbito socio-laboral es el de una situación de grave crisis económica con más de un 25% de la población activa desempleada. No existe ningún Estado de Bienestar, ni nada que merezca tal calificación, que sea  sostenible con tal volumen de ciudadanos desempleados. Con toda razón, tal volumen de desempleo lo que ha creado ha sido un “Estado de Malestar Permanente” de imprevisibles consecuencias sociales y políticas. 

Evidentemente, es necesario crear el mayor volumen de empleo neto posible pero, ¿cómo se crea un volumen importante de empleo? Creo que, fundamentalmente, a partir de las iniciativas empresariales cuando en un mercado pueden colocar sus productos y servicios pudiendo obtener beneficios. Para eso, deben tener un mercado y unos costes que hagan rentable su producción. Entre los costes de producción tenemos los salarios y los costes indirectos que derivan de la legislación y normativa laboral y de las instituciones relacionadas con el trabajo.

Considero que el empleo no lo crean directamente las leyes, lo crean las empresas. No se pueden entender la intermediación laboral ni la prospección del mercado de trabajo abstrayéndonos del sistema productivo de la región, provincia, comarca, municipio… en el que actuamos. Una buena normativa laboral, encarece el coste del trabajo tanto de manera directa como indirecta, porque representa una protección de la parte más débil de la relación laboral, que es el trabajador, aunque al mismo tiempo representa también el umbral del coste laboral de las empresas que determina el nivel aceptable de productividad y de beneficio. Dicho de otra forma, sin protección laboral, el coste laboral es más bajo y las empresas suelen encontrar producciones rentables bastante más fácilmente.

Siendo esto así, me surge la siguiente pregunta: ¿el futuro será así, con costes bajos y precarias condiciones para poder ser competitivos y poder crear empleo? Los gobiernos suelen utilizar la normativa laboral y de empleo como un instrumento para estimular la eficiencia productiva y la redistribución de la renta, estableciendo unos estándares laborales, unas normativas laborales protectoras que impulsan a las empresas a modernizarse, crecer y a ser más competitivas.

En todo caso, la consolidación de una transformación así lleva tiempo. ¿Se lo pueden permitir países como Alemania, incluso Francia, que cuentan con tasas de desempleo en torno a un 10%? Es posible que sí, pero ¿puede permitírselo España, con un 24,5% de desempleo (julio de 2014)? Muy posiblemente, tal transformación no sería ni económica ni socialmente sostenible. La normativa laboral protectora española, que se ha revisado a la baja con las reformas laborales de 2010 y de 2012, y aún está en proceso, ni ha fortalecido el sistema productivo generando empleos ni ha manteniendo los derechos sociales de forma adecuada, conforme necesita un mercado laboral como el nuestro, inserto en el marco europeo. Al contrario, ha dado lugar a producciones baratas, de bajo valor añadido, y a empleos necesarios y necesariamente malos y mal pagados.

Voy a plantear la cuestión de otra forma. Imaginemos que nuestros salarios y condiciones laborales, en general, se equiparan a las de Alemania. ¿Cuáles serían los efectos sobre las empresas y sobre el empleo? Seguramente, demoledores. El sistema productivo español no es lo suficientemente competitivo como para ofrecer unas condiciones laborales de esa naturaleza. Muchos economistas, expertos y reconocidos, se dedican a firmar manifiestos y a elaborar propuestas económicas a favor de un mercado de trabajo más flexible aún, con un contrato único que elimine la dualidad y que haga que el mercado laboral se reequilibre y haga disminuir el desempleo. Proponen la supresión de muchas restricciones a la libertad empresarial, refiriéndose a la normativa laboral que encarece y asusta a la mayoría de los empresarios. Pero se han quedado sin un modelo claro de referencia; el mercado de trabajo de tipo anglosajón, como el estadounidense, totalmente flexible, también ha tenido hasta no hace mucho tiempo una tasa de desempleo que ha superado el 10%, una cifra extraordinariamente elevada para ese país.

Así, con todo, parece que el equilibrio del mercado laboral no depende solo de normativas laborales y de empleo, es decir, de restricciones y limitaciones desde la oferta. También es necesario fijarse en el modelo productivo para entender su funcionamiento. Se olvida con facilidad que la demanda de trabajo depende, en gran medida, de la demanda del producto o servicio. Se hace necesario crear muchos más empleos netos, agrandar el sistema productivo. Pero, tradicionalmente, España ha tenido un sistema productivo débil, tanto en cantidad como en calidad. En ambos aspectos, se ha de hacer un enorme esfuerzo de crecimiento y mejora. Un elevado nivel de desempleo muestra claramente la debilidad del sistema productivo, como es nuestro caso.

 Observo que un determinado nivel de estándares laborales no está sirviendo para mejorar las debilidades del mercado laboral. Y me pregunto: ¿una reducción de la protección laboral puede lograr que aumente la cantidad de empleo neto? Según la lógica de la economía neoliberal, sí: cuando el precio de algo es bajo, se demanda más. Y bajos salarios y malas condiciones de trabajo es lo que se está ofreciendo actualmente a la clase trabajadora española, después de la relativa euforia que ha vivido en los años anteriores a la crisis. Sin duda, el panorama es duro y complejo, pero algo más deben hacer los responsables políticos y económicos para resolver el desajuste del mercado de trabajo y dar oportunidades a todas las personas que se encuentran en situación de desempleo, por razones de justicia social y también por razones de eficiencia. Supone un gran despilfarro económico y social la existencia de casi un 25% de personas sin trabajo en España.

Estamos ante un escenario bastante descorazonador, incluso deprimente, pues los mejores efectos, reales, de las recientes políticas de empleo solo se verán en el largo plazo, mientras que la caída de salarios y el empeoramiento de las condiciones laborales están siendo inmediatos, hasta el punto que nos lleva a recordar que el mileurism’ supuso una época dorada de nuestra economía, ya pasada.

Y entonces, ¿para qué están sirviendo las últimas reformas laborales? Creo que para facilitar que haya empresas que encuentren rentable su producción y creen empleo o para que mantengan a los trabajadores que tienen. ¿A quiénes está sirviendo? Pues, en cierto modo, a una parte de los que tienen dificultades para acceder a un empleo y al conjunto de la sociedad si pensamos en el balance de las cuentas públicas y en salvar el Estado del Bienestar. ¿A quiénes está perjudicando? En el corto y medio plazo, a todos los trabajadores que consiguen y mantienen un empleo.

(*) Delvis Juan Ramírez Solano es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología. Máster en Liderazgo y Gestión Política, en la especialidad de políticas socio-laborales, Maestría en Educación e Inclusión Digital y Maestría en Seguridad Laboral y Prevención de Riesgos Laborales. Experto universitario en Inserción socio-laboral de colectivos desfavorecidos e Iniciativas de empleo en el ámbito local. Cuenta con amplia experiencia profesional en diferentes Programas de Formación para el Empleo e Inserción e Intermediación Laboral de instituciones públicas y entidades privadas, dirigidos a diversos colectivos y grupos sociales con dificultades frente al empleo. Es docente experto en temas de inserción socio-laboral y desarrollo local y comunitario. Profesor-tutor del Curso de Experto en Intermediación Laboral para Agencias de Colocación, de ANAC. 

 

 

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